#ElMejorDeLosCambios

     Quizá los pasados días de Navidad te haya llamado la atención una magnífica y  sorprendente campaña publicitaria de Greenpeace España que dice: En 2018 te deseamos lo peor” (#ElPeorDeLosCambios). 

         Si aún no has tenido la oportunidad de verlo te resumo un poco el contenido:

  • (Escena 1) Hombre de 40 y tantos años sentado en el salón de su casa. ¿Mi deseo para este año? Dejar de hacer deporte. Y si me rompo algo…¡pues mucho mejor!
  • (Escena 2) Mujer de 30 y tantos años en la cocina de su casa. (El mío) Empezar a fumar. Dos o tres paquetes al día…por lo menos
  • (Escena 3) Mujer embarazada mirando pensativa por la ventana de su dormitorio. Me gustaría quedarme sin trabajo. O que no me toque la lotería. Y así seguiría sin llegar a fin de mes.
  • (Escena 4) Chica de 20 y pocos años en un parque. Que no haya oportunidades. Que tengamos que irnos fuera a buscarnos la vida
  • (Escena 5) Hombre de 30 y tantos años trabajando en un taller de coches. Que mi mujer me deje tirado. Así sin una nota ni nada. Llegar a casa y que se haya largado. Sin más.

         Y el anuncio termina así:

        Cambiar a peor no es deseo de nadie. Ayúdanos a seguir luchando contra  #ElPeorDeLosCambios. El cambio climático (aquí tienes el video completo)

Aunque en el momento de escribir esto me encuentro en India y, por lo tanto, no he tenido la posibilidad de ver el anuncio en TV,  Juanma Gómez, director de la campaña y alumno de nuestra escuela Urban Yoga, me envió hace unos días el video. Una vez terminé de verlo me quedé bastante pensativo respecto a su mensaje. La provocación del spot es muy poderosa y evidente: NADIE desea cambiar a peor. Todos, sin excepción, deseamos cambios…pero, siempre y sin excepción, a mejor. Al menos buscamos irnos acercando un poco más a esa entidad o estado emocional, siempre complicada de definir, que llamamos felicidad. Cada paso que damos en la vida, cada proyecto que emprendemos, cada imagen que concebimos en nuestra mente va dirigida, enfocada y orientada (de una manera más o menos evidente) hacia ese ideal de obtener (y mantener) la felicidad.

 

No obstante, en cuanto emerge este tema, surgen  muchas preguntas. ¿Qué entendemos por felicidad? ¿Es algo que me vendrá dado desde fuera a través de fluctuaciones azarosas de los acontecimientos o, por el contrario, debo dar yo pasos para avanzar firme y decidido para conseguirlo? ¿Se trata de buscar afanosamente la repetición permanente de experiencias puntuales del pasado que me resultaron placenteras y gratas o, sin embargo, más allá de esos espacios esporádicos existe una felicidad continua, estable y permanente? ¿Debo buscar y acumular objetos materiales que me proporcionen “seguridad” o, por el contrario, mirar hacia mi interior buscando  “calorcito espiritual”? Sea cual sea la respuesta a estas preguntas lo único cierto es que como sociedad se está materializando un fracaso rotundo y trágico en esa búsqueda tan vital y tan intrínsecamente humana. No es necesario recurrir a las rampantes cifras de frustración  y desesperación materializados en forma de consumo de antidepresivos, ansiolíticos o somníferos. Hay muchas señales en nuestro entorno cotidiano (y, como no, en nosotros mismos) que nos indican que sea lo que sea esta maldita felicidad que tan afanosamente buscamos la triste realidad es que no vamos muy bien orientados en el camino hacia ella.

 

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Una de las emociones más reconocibles como alejadas de la felicidad: la tristeza. “Sadness” es uno de los personajes caracterizados en la película Inside Out (2015) de Pixar Studios

 

Este año 2018 en el que nos adentramos se va a cumplir el 20º aniversario de la publicación de un archiconocido libro de entrevistas a SS el Dalai Lama titulado ‘The Art Of Happiness‘. El subtítulo del libro es ´Handbook for Living´(un manual para vivir). Parece ser que en las tradiciones orientales también les preocupa profundamente este asunto de la felicidad. Esto ya lo intuían muy bien los movimientos contraculturales de las décadas de los 60 y 70, tanto en Europa como Norteamérica. Y desde entonces hay una búsqueda e indagación cada vez más profunda por una buena parte de la sociedad occidental hacia las propuestas orientales en referencia hacia ese camino a la felicidad. Acabamos de hablar del Dalai Lama. Indagaremos un poco más. El Budismo sustenta su propuesta filosófica y vital en 4 pilares fundamentales. Es lo que llaman Las Cuatro Nobles Verdades (Catvari Arya Satyani)La primera de esas verdades afirma una verdad categórica y científica, universalmente experimentada: existe el sufrimiento (1). En la segunda verdad se certifica que el sufrimiento tiene un origen, una semilla desde donde surge (2). A través de la tercera noble verdad da una muy buena noticia: el sufrimiento se puede eliminar y erradicar (3) ¿Cómo? Muy sencillo: erradicando su origen. Y en la cuarta, y última, noble verdad se propone una metodología vital a seguir en 8 vías llamada Noble Óctuple Sendero (Aryashtanga Marga) (y 4)

 

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Una de las citas más famosas de SS el Dalai Lama, co-autor de “El Arte de la Felicidad” (1998)

 

Voy a ahondar un poco más (y de manera breve) en la segunda noble verdad. Ya que en la tercera de ellas se afirma (con lógica aplastante) que la felicidad está en suprimir el origen del sufrimiento, deberemos saber primero dónde se ubica en la raíz de nuestra personalidad esa primera causa, origen y germen de todo lo que acontece a posteriori. En realidad no es algo propio y exclusivo del budismo. Todos los grandes tratados filosóficos orientales, incluidos los más conocidos como los Yoga Sutras de Patanjali, el Bhagavad Gîta o el Tao Te King de Lao Tsé se sustentan en el mismo principio. Esa erradicación total de la semilla del sufrimiento la llaman Nirvana, Samadhi, Moksha, Tao, Satori….La denominación puede variar según las diferentes tradiciones. Pero para todos ellos está muy claro: el origen del sufrimiento está en una comprensión defectuosa de la realidad (avidya). Digamos que no tenemos muy bien orientada la flecha hacia nuestro objetivo. Dirigimos nuestros pasos en el sentido completamente opuesto y una y otra vez nos aferramos en la misma dirección sin ni siquiera plantearnos el rumbo. Tratamos de derribar un muro de hormigón a base de dar cabezazos una y otra vez. Y nos pasamos así la vida sin valorar otras alternativas ni posibilidades a las ofertadas por el contexto.

 

A partir de esa idea de “comprensión defectuosa de la realidad” se abre un abanico inmenso de conceptos metafísicos y gnoseológicos cuya explicación para entenderlos correctamente sería más propia de un curso de filosofía oriental que de una entrada de un blog. Sin embargo trataré de introducirlo con una metáfora. Y me valdré de una de las figuras cumbres del arte universal: el italiano Michelangelo Buonarroti

 

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“David” (1504) de Michelangelo Buonarroti. Galería de la Academia de Florencia

 

Corría el año 1501. Una nueva época dorada de conocimiento, arte, ciencia y plenitud estaba a punto de abrirse para la humanidad: el Renacimiento. Un jovencísimo escultor de 26 años llamado Michelangelo Buonarroti por aquel entonces residía en una de las cunas de esta nueva edad de esplendor emergente: la ciudad de Florencia. En el patio de la catedral desde hacía varios años yacía olvidado un monumental bloque de mármol. Nadie sabía muy bien que hacer con él. Muchos escultores ya se habían amedrentado en lo años previos ante la perspectiva de esculpir una obra de las sobrecogedoras dimensiones del aquel megalito marmóreo de más de 6 metros de altura. Pero Miguel Ángel, como luego la historia demostró, no era hombre que diera paso atrás ante los desafíos. Aceptó sin vacilación el encargo del gobierno de la ciudad. Y unos años  después surgió de sus manos una de las obras de arte más significativa en la historia de la Humanidad: el David. Su asombroso porte de más de 5 metros de altura dominó durante más de 300 años la Piazza della Signoria como alegoría del triunfo de la luz y el conocimiento emergentes en el Renacimiento sobre la oscuridad y la ignorancia propias de épocas anteriores. El triunfo de David sobre el monstruo Goliath.

 

Incluso para un genio de la talla de Miguel Ángel no debió ser fácil manipular aquel colosal mármol. Fueron entre 3 y 4 años de afanoso y dedicado trabajo. Aunque, más allá de la emblemática obra, quizás lo que más nos interesa a nosotros dentro de la temática de este blog fue la respuesta que Miguel Ángel dio cuando fue preguntado sobre cómo consiguió aquel nivel de perfección en la escultura. Su respuesta, una vez más, genial y sorprendente: “El David ya estaba dentro del bloque de mármol. Yo únicamente me he limitado a quitar aquello que sobraba”. Una respuesta que muy fácilmente podría haber dado cualquiera de los grandes maestros de en torno a 2000 años antes como Buddha, Lao-Tze, Sócrates o Krishna en su diálogo con el príncipe-guerrero Arjuna (Bhagavad Gita). Y es que todos ellos ya afirmaban categóricamente que el camino a la felicidad no es aditivo, no es acumulativo. No consiste en añadir “cosas” a lo que ya hay. Si no más bien actuar como Miguel Ángel en su proceso escultórico. La felicidad ya está en el interior. Ya la tenemos. Solo nuestra ignorancia o comprensión defectuosa (aquella segunda noble verdad del Budismo) hace que no seamos capaces de comprender esta realidad. La búsqueda de la plenitud en la existencia consiste en eliminar todo aquello que nos sobra. No añadir, sino restar. No acumular, sino despojarse de lo innecesario. Solo es entonces cuando se conseguirá la tan ansiada obra maestra. 

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Pregunta: ¿Dónde encontraste eso? Lo he estado buscando por todas partes. Respuesta: Yo mismo lo creé. (Comentario: En realidad ya lo tenías)

 

Y las grandes técnicas orientales (tanto el yoga como la meditación) nos dirigen con su maestría hacia ese camino de limpieza y purificación. Es exacta y literalmente la misma tarea del escultor con el mármol. Lo que nos bloquea y obstaculiza hacia nuestro destino son las veladuras e impurezas físicas y mentales que, como los Yoga Sutras nos enseñan, se materializan en forma de deseo exacerbado (raga) o aversión profunda (dvesa) cuyo origen último es la comprensión defectuosa o ignorancia (avidya). Y de la misma manera que el trabajo del escultor es complejo, la práctica de yoga (abhyasa) debe llegar a estar “firmemente establecida(…)” pero solo se consigue “(…) cuando ha sido cultivada ininterrumpidamente y con devoción (entusiasmo) durante un prolongado periodo de tiempo” (YS I.14) pues “sobre la destrucción de las impurezas gracias a la practica de yoga, la luz del conocimiento emerge. Así culmina la sabiduría (Viveka Khyati)” (YS II.28). En nuestra metáfora, la sabiduría es el resultado final. Es la obra maestra que culmina en la máxima belleza de la pieza escultórica.

Pero tengámoslo muy en cuenta: la técnica es crucial en este proceso. El escultor no da golpes y martillazos a diestro y siniestro esperando que milagrosamente algo vaya sucediendo simplemente por azar. Todos sabemos que eso no va a suceder (aunque a veces podemos llegar a creerlo desde la desesperación). Inicialmente se utilizan herramientas, como los cinceles de pala ancha, de cara a eliminar lo más tosco de la piedra. Cuando se ha conseguido llegar a una forma general se usan cinceles de punta y utensilios más afilados y precisos de cara a ir perfilando poco a poco los detalles. Cada golpe de martillo tiene su búsqueda, su sentido. Al igual que cada herramienta: el escoplo, la gubia, el formón, el escalpelo. Y luego ya, por último, el proceso más fino de pulimentado con lijas de distinto granulado hasta lograr matizar cada leve gesto del rostro, la mirada, cada músculo, cada tendón, cada cabello. Muy relacionado con la técnica el Yoga Clásico de Patanjali introduce el concepto de prayatna (esfuerzo correcto). Es muy importante aquí enfatizar el adjetivo “correcto”. De nada sirve el esfuerzo si este no está sustentado es una base firme, en una técnica experimentada, afirmada, corroborada y transmitida a lo largo de siglos y siglos. Es inutil además de un desgaste terrible de energía que llega a resultar extremadamente frustrante. Además de utilizar el método correcto alguien debe servir de guía en el camino. Alguien que lo haya recorrido antes en su conjunto (o al menos una parte del mismo). Alguien que previamente haya pasado por las mismas dificultades, los mismos trances, los mismos inconvenientes y obstáculos y que haya aprendido en primera persona cómo superarlos. Es lo que tradicionalmente en el yoga se conoce como parampara (param=el que sabe; ampara=el que no sabe). Es la figura del maestro, del referente. Es en definitiva la transmisión del conocimiento.

 

Nuestra experiencia vital debiera ser una réplica de este proceso. Existen herramientas, existen posibilidades. Conseguir la plenitud vital es esculpir, al igual que hizo Miguel Ángel en su día, la obra maestra. Que la inigualable oportunidad de vivir no acabe convertida en una olvidada, polvorienta e informe piedra abandonada en un cuarto oscuro. Sino que sepamos encontrar el camino de una felicidad similar al trabajo de la talla del escultor.  Derrumbando velos, eliminando impurezas, despojándonos de lo que nos bloquea y obstaculiza para llegar al objetivo final. Es el camino de lo sencillo y no el de la acumulación. El camino de la belleza. Lo que estamos haciendo hoy será lo que se materialice en nuestro futuro.

Este sin duda será #ElMejorDeLosCambios. El que te deseo para este nuevo año casi recién estrenado.

2 comentarios sobre “#ElMejorDeLosCambios

  1. Como disfruto empapándome de tus palabras Nacho, y de la satisfacción de saber que eres el mejor de los maestros. A pesar de no seguir con la práctica siempre te recuerdo y estoy deseando volver a la escuela, ese oasis de paz, de armonia y de luz que has creado para nosotros.
    Gracias, gracias, gracias.
    Un abrazo enorme.
    Marina

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