Mi experiencia de 2 meses en el K. Pattabhi Jois Institute (y 5)

He vuelto a Mysore después de una larga ausencia de casi 7 años. Demasiados. Circunstancias personales y la apertura de la escuela en septiembre de 2012 han hecho que me haya sido inviable durante largo tiempo retomar mis viajes a Mysore. Pero después de 3 años de abierta la escuela consideré que ya se daban todas las condiciones adecuadas para volver. Como conté antes solo el mero hecho de querer venir a estudiar con Sharath no es suficiente. Ahora no todo el mundo que lo solicita es aceptado. Conozco no poca gente que se ha quedado esta temporada sin poder venir y ha sido una gran contratiempo para ellos. Y el criterio de aceptación es aleatorio. Gente que lleva pocos años de dedicación al Ashtanga han sido aceptados y profesores de larguísima trayectoria se han quedado fuera. Supongo que eso “democratiza” el proceso y demuestra que cualquiera puede venir (siempre que te sepas bien tu serie claro). Sin embargo, lo cierto es que esa aleatoriedad le añade un punto de incertidumbre a todo esto que muchas personas no están digiriendo  demasiado bien. Y en la mayoría de las ocasiones con no poca razón. Así que cuando recibí el email desde Mysore confirmando mi aceptación para estudiar durante todas estas semanas aquí no puedo negar que me llevé una alegría grande. Era un momento esperado durante largo tiempo. No solo era volver a estudiar con Sharath sino el reencuentro con amigos de todo el mundo que llevabas años sin ver y con los que seguro iba a coincidir. La experiencia de compartir todo esto con la gran “Ashtanga Community in Mysore” es muy bonita también.

Creo que en los últimos años he mantenido una muy constante y profunda dedicación al Ashtanga Yoga. No solo a su enseñanza sino a su práctica (ésta durante un periodo de tiempo lógicamente más largo). El contacto casi diario con ese pequeño espacio que es una esterilla de yoga ha sido una gran escuela para mí. Y tanto la enseñanza como la práctica personal se han cimentado en una fe inquebrantable en el intrínseco poder de transformación del Ashtanga Yoga. El cuerpo cambia. La mente cambia. Y, en consecuencia, nuestra vida cambia. A través de la práctica tanto el cuerpo como la mente se hacen a la vez más fuertes y más flexibles . Flexibilidad y fortaleza, aunque a veces lo pueda parecer, no son contradictorios. Son complementarios y se nutren mutuamente No hace falta hacer ningún esfuerzo extra. Únicamente la devoción a la práctica constante y lo más frecuente posible (6 días semana).  Estoy convencido de que cada persona de las que han venido a Mysore podría escribir un libro muy interesante sobre los cambios que ha supuesto en su vida la práctica de Ashtanga Yoga. Y siempre para bien y para mejor. Nadie se lamenta de esos cambios. Más bien ha crecido en ellos un gran sentimiento de gratitud hacia los que en su día se lo transmitieron.

La práctica de Ashtanga es esencialmente bella. Sencilla y casi minimalista. Ese silencio profundo de las clases apenas roto por el sonido lento y profundo de la respiración. El profesor observa y  deja que el alumno experimente y aprenda a su propio ritmo. Solo en contadas ocasiones o cuando ello sea estrictamente necesario  hará alguna ayuda o  dará una indicación. Pero sin duda el camino es personal. Y no se necesita apenas nada más que una esterilla y uno mismo. Ni máquinas ni artificios externos. A veces en los momentos de aprendizaje usamos algún elemento puntual de ayuda pero la idea es que con los años esas ayudas externas (bloques, cinturones) vayan desapareciendo. Y solo se llega a entender de verdad la práctica de Ashtanga yoga cuando después de años se aprende de verdad lo que es la respiración, la concentración en la misma y la comprensión profunda de las misma. Solo cuando se consigue mantener una respiración estable y equilibrada uno podrá decir que ha llegado a las profundidades del Ashtanga yoga.

Desde que supe que iba a venir a Mysore, quizá de manera inconsciente, me entregué a una práctica algo más intensa de lo habitual. Haciendo prácticas más largas. Centrándome más y manteniendo durante más respiraciones aquellas asanas en la que suelo encontrar más dificultad. Siendo más cuidadoso con la alimentación. Con las horas de sueño. Sentía en todo este tiempo previo que estaba consiguiendo una solidez y una profundidad en mi práctica que no había tenido anteriormente. Y que iba en estas condiciones a disfrutar enormemente de la práctica en India. Si estaba alcanzando esa intensidad en el frio del invierno, cuando llegara a las idóneas y cálidas temperaturas de Mysore para el Ashtanga todo sería aún mejor. Y a pesar de todo esto, como casi siempre en la vida, algo no previsto ocurrió. Algo que no estaba en la agenda. Unas 2 semanas antes de venir todo ese ímpetu y toda esa intensidad se tradujo en una lesión. Una antigua, vieja y conocida lesión que me había costado mucho tiempo recuperar.  De repente, sin aviso previo, sin ningún síntoma que me indicase su llegada apareció de nuevo en mi vida. Esas últimas semanas de ir más allá y de práctica poco consciente sentí como si hubieran echado al traste años de paciente esmero. Las primeras emociones que surgieron de manera espontánea fueron de rabia, frustración y gran tristeza. Los síntomas de la lesión me eran extremadamente familiares y sabía lo que aquello iba a suponer: limitar drásticamente mi práctica en Mysore. Fueron horas y días difíciles. De hecho incluso pensé en cancelar el viaje a India ya que para mi no tenía demasiado sentido viajar y estar 2 meses en esas condiciones. Y aún más sabiendo lo exigente que es la práctica en India.  Sin embargo una de las cosas en las que nos ayuda el yoga es a no dejarnos llevar por esas emociones negativas. A veces es inevitable el que surjan. Pero sí que podemos aprender a reconocerlas, a entender  sus mecanismos de actuación sobre nuestra mente, a no dejar que se apoderen de nosotros y acaben dominando sobre nuestras decisiones. En seguida me di cuenta que no tenía sentido el no venir. Que el yoga va mucho más lejos y que es, afortunadamente, mucho más que una mera reproducción mecánica de asanas. Que detrás de cada experiencia hay un aprendizaje. Eso es lo que siempre trato de enseñar  a los alumnos y ahora era el momento de aplicármelo a mí mismo.

Si me hubiera quedado en casa hubiera sido un gran fracaso personal. Siempre animo a los alumnos a seguir practicando a pesar de que a veces aparezca el dolor, una lesión. No es una cuestión de masoquismo. Evidentemente tenemos que evitar o adaptar las posiciones y movimientos en los que sintamos dolor. Y sentir que va sucediendo. Y aprender a escuchar a nuestro cuerpo y a comprenderlo. A pesar de que debamos prescindir de algunas asanas, siempre suelen ser solo unas pocas, y son otras muchas con las que podemos seguir sin problema. Y confiar plenamente tanto en la práctica como en los profesores que van acompañando en el camino.

Evidentemente el  ver nuestra práctica limitada no es un trago de buen gusto. Pero en no pocas  ocasiones son los momentos donde más avanzamos, quizá no en la bella ejecución física de las asanas pero sí en el conocimiento personal. Aprendemos a practicar con mayor conciencia, con mayor atención, con mayor compasión y amor hacia nosotros mismos. Aprendí que esa sobreexigencia de las últimas semanas había supuesto cimentar la práctica no desde el amor sino desde el ego. Y, sin duda, ese fue el caldo de cultivo para la lesión. Normalmente los mecanismos mentales son muy sutiles y ni siquiera los que llevamos años haciendo yoga y/o dando clase nos libramos de ello. Es un camino de aprendizaje que dura toda la vida. Y la práctica de yoga una y otra vez nos va poniendo a cada uno en nuestro sitio. La cuestión es que todo ello sepamos aceptarlo con completa humildad sin frustrarnos, sin desesperarnos, sin arrojar la toalla. Esa siempre es la vía más fácil. El Ashtanga es un camino lento y largo pero apasionante. A veces se avanza. Otras se va hacia atrás. Pero todo ello forma parte del mismo camino.

Una vez en Mysore la práctica fue como me temía. El primer día Sharath me detuvo en la primera postura donde tuve dificultades debido a la lesión. Ello suponía reducir mi práctica a apenas el 50% de lo que estaba haciendo habitualmente hasta apenas hacía 2 semanas. Tampoco sabía yo durante cuánto tiempo me iba a mantener en esa asana sin dejarme avanzar más allá. Para alguien que lleva tanto tiempo de práctica el venir a Mysore y tener que parar la práctica en un punto casi de principiante es evidente que produce una herida fuerte en el orgullo. Y Sharath lo sabe. Y él que ha tenido miles y miles de alumnos juega con ello. Y él como gran maestro que es le interesa más generar este tipo de situaciones que el que nuestra práctica sea más larga o más corta, con que perfeccionemos mejor o peor las asanas. El yoga se trata entre otras cosas de ir doblegando nuestro orgullo y nuestro ego. Y Sharath sabe sin duda muy bien como hacerlo según he podido aprender de él estas semanas. Durante largos periodos de la clase no está ni ajustando. Esa tarea se la deja en parte a sus asistentes. Se sienta en una silla en una zona que esta sobreelevada del resto de la clase y observa. Durante tiempo se dedica a observar la práctica de sus alumnos. En silencio. Su capacidad de observación es asombrosa. Y me consta por experiencia personal que recuerda perfectamente cómo es la práctica de todos y cada uno de sus alumnos a pesar de que pasan cientos por sus manos cada mañana.

Después de 4 semanas, a finales de febrero llegó el momento de la re-registration. De ir de nuevo al despacho de Sharath a abonar el segundo mes. Existe si quieres la posibilidad de no pagar y de renunciar a prolongar la estancia a lo largo de ese segundo mes. Los días anteriores tuve serias dudas de si continuar o no. Sharath me había dejado en la misma postura durante 4 larguísimas semanas sin además decirme nada, sin darme ninguna razón. Ni yo ni nadie de toda la gente que conozco por aquí lo entendía. No estaba yo dispuesto a pasar un segundo mes en esas mismas condiciones. Mil y una excusas surgían en mi mente y estuve a punto de irme a la isla de Koh Panghan en Tailandia ese segundo mes con unos profesores que yo sabría que serían más “comprensivos”. Sin embargo, la balanza se decantó por continuar en Mysore. De alguna manera acepté internamente que el resto de la estancia sería cómo el primer mes y que a todos nos viene bien estas dosis de humildad a manos llenas.

Fue una decisión muy acertada de la que no me arrepiento en absoluto. Estoy féliz de haberla tomado y agradecido a todas las personas que me animaron a seguir aquí. Y es cierto que en lo que llevamos de segundo mes todo cambió. Recuerdo como cuando me inscribí para el segundo mes Sharath sonrió en su despacho como diciendo: ¿Así que te animas a seguir, eh?. Para él es como si hubiera superado una prueba. Él sabía perfectamente que mi conocimiento de la práctica era mucho más profundo e iba más allá del asana donde me había dicho que parara mi práctica. Y, sin embargo, el consideró que debía aprender otras cosas durante esta estancia. A partir de marzo me ha dejado avanzar enormemente y ha estado mucho más cercano y empático. A base de practicar todos los días con mucha atención y cuidado mi lesión, si bien no ha desaparecido, ha mejorado increíblemente. Una vez más el poder terapéutico del yoga. Y esa lesión que la mente en seguida cataloga como de “algo malo” hace que se generen emociones negativas llamadas rabia o frustración. A pesar de todo ha supuesto a la larga más bien todo lo contrario. Ha sido una profundísima experiencia de yoga. Me ha ayudado a conocerme un poco más  a mi mismo a través de estudiar y reconocer todas las emociones que van surgiendo, me ha ayudado a ser más compasivo y amable en la práctica conmigo mismo, me ha hecho admirar cómo Sharath ha gestionado todo este asunto y de alguna manera esto me ha acercado bastante a él. Sin duda son las cualidades por las que muchos le valoramos y respetamos como maestro.

Venir a Mysore no son precisamente unas vacaciones exóticas en India. La ciudad y el entorno no es especialmente bello. Es fácil que tengas que visitar el hospital o quedarte en cama varios días por alguna fiebre o indisposición intestinal. Hay que madrugar a horas casi abrumadoras. Y la experiencia de la práctica a veces es compleja a nivel físico y emocional. Y sin embargo año tras año la mayoría de las personas sigue repitiendo la experiencia. No es fácil de explicar con palabras. Hay que sentirlo. Pero algo increíble hay detrás de todo esto.

En apenas 2 semanas vuelvo a Madrid y con muchas ganas de retomar las clases. Es algo que me apasiona y que echo infinitamente de menos. Y no puedo menos que estar agradecido a la vida por este regalo que me ha hecho de poder dedicarme a esto.

Y no quiero terminar sin agradecer a Ainhoa, Juanba, Raquel y Tamia (orden alfabético) su entrega, cariño y buen hacer que me constan plenamente durante todo este período.

 

 

3 comentarios sobre “Mi experiencia de 2 meses en el K. Pattabhi Jois Institute (y 5)

  1. Las lesiones… Comparto totalmente lo que dices. Hay que aprender a vivir con ellas, entenderlas como una parte más del camino.
    Hay que disfrutar cuando estás bien, cuando no te duele nada. Pero a la vez, no relajarte. Es cierto que cuando tienes una lesión, acabas haciendo una práctica más consciente, más atenta, y eso está muy bien para intentar que siempre sea así, no sólo cuando te duele algo.
    Mucho ánimo!!!

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